Sandrini, el actor que se ganó el corazón del pueblo

A 40 años de su muerte, la gran creación de su personaje Felipe se constituyó en una suerte de ícono de la vida en los barrios porteños. Anclado en el humor y en la comedia, Luis Sandrini se erigió también en un enorme intérprete de encarnadura dramática. Sus amores, éxitos y pesares, como nadie te los contó.

 

@RFilighera

 

Pilar fundamental en la historia de oro del espectáculo argentino, Luis Sandrini, de cuya muerte se cumplieron 40 años el 5 de julio pasado, es uno de los forjadores de los comienzos del cine sonoro argentino con “Tango” y uno de los protagonistas de mayor relevancia en la industria de la cultura y el universo artístico.

 

Nació en una casa ubicada en la calle Yerbal 1412, Caballito, el 22 de febrero de 1905, y fue bautizado como Luis Santiago Sandrini Lagomarsino. La vocación de esa criatura iba a estar marcada inevitablemente por los genes, ya que su padre, Luis Sandrini Novella, fue un trabajador del Gran Circo Rivero y luego, con los hermanos Petray, llegó a conformar su propia compañía.

 

En tanto, la mamá de Luis, doña Rosa Lagomarsino, formando parte de esa gran pléyade de inmigrantes que pusieron su identidad cultural en nuestro país, había llegado desde Uscia, una localidad cercana a Génova, Italia. Rosa, si bien estaba dedicada a las tareas hogareñas, en aquellos tiempos en que la situación arreciaba con especial fiereza para la familia, cosía para los vecinos y gente allegada.

 

Luis junto a su hermano Eduardo, también actor, concurría al colegio que estaba ubicado en Pringles y Díaz Vélez. Y fue precisamente aquella carpa de Rivero la que provocó la definición del destino vocacional del pequeño Luis. Así dadas las cosas, el padre luego dejó su actividad circense para estar más en contacto con la familia y debido a ello es que los Sandrini se radicaron en la localidad de San Pedro.

 

Una postal pueblerina

 

La casa era la pintura de esos paisajes de pueblo, enraizados en el corazón, los sentimientos y esas imágenes bucólicas en donde las calles de tierra y el rumor de los pájaros instalaban, junto a la incondicional siesta, la identidad de esa región. En tanto, la casa era muy grande, ubicada en las calles Mitre y Pellegrini, con un enorme patio y aljibe, tal como se describe en la biografía del emblemático actor y cuyos autores son el escritor Hernán Aguilar y la propia Malvina Pastorino.

Entonces, la insistencia por la vocación teatral se hacía cada vez más exigente de parte de los decididos muchachos, aunque el padre los incentivaba a realizar sus correspondientes estudios. Una vez ya recibidos de maestros, empezaron con sus primeras incursiones como intérpretes. Y de esta manera fueron presentándose en sociedad en el teatro París de San Pedro y luego en diferentes centros comerciales.

 

Años de miseria

 

Posteriormente, en 1925, Luis ingresó al servicio militar obligatorio, con lo que cumplió de acuerdo a lo estipulado por las leyes. Después probaron mejor suerte y se trasladaron nuevamente a Capital. De esta manera se instalaron en una vivienda que estaba ubicada en la calle Trelles al 3000, del barrio de La Paternal. El mencionado refugio hubo que levantarlo y amueblarlo; en consecuencia, se trató de años muy duros en esa casa que contaba solamente con una pieza, cocina y baño. Fueron años de enorme esfuerzo para la familia toda, y en muchas oportunidades supieron de las necesidades más firmes y también llegaron a conocer la verdadera magnitud del hambre. Había que yugarla en la calle y ganarse el mango de la mejor manera posible.

 

Don Luis recorrió la calle, junto a sus hijos, sin que se pudiera avizorar una mejor etapa. Luego, Luis encontró trabajó como grupí en los remates, y también fue encargado del buffet de un club barrial.

 

Como anécdota de sus años anclados en durísimas necesidades, en una de esas mañanas compartió la fila para encontrar un trabajo de cavador de zanjas con un hombre, padre de familia con tres hijos, que se encontraba plenamente necesitado para la subsistencia; sin embargo, por ser más joven fue seleccionado Luis y rechazado el otro. Inmediatamente, Sandrini se acercó al capataz y le dijo: “Mire, como ya está todo cubierto prefiero dejarle la vacante a este señor”. Sin un peso en sus bolsillos (lo que tenía se lo había dejado a su compañero de ruta allí presente), se dirigió caminando hasta su domicilio, en La Paternal.

 

Mucho más trabajo

 

En tanto, por gestiones de su padre, Eduardo se conecta para trabajar en la carpa que le pertenecía al emblemático intérprete Enrique de Rosas; Luisito hará lo propio con Leandro Reynaldi, propietario del circo que estaba ubicado en Asamblea y avenida La Plata, y que se denominaba Teatro de Verano.

 

Habló con Reynaldi y este le dijo: “Andá a buscarte una pala y hacete tu propio camarín”. De esta manera, comenzó a participar en varias obras camperas. En tanto, su espíritu de permanente búsqueda hizo que Luisito luego se vinculará con la compañía de Pisano y Boneti y fue así como tuvo la posibilidad de estar en varias representaciones llevadas a cabo en diferentes salas barriales. Y así pasan los años y los acontecimientos.

 

En 1929, Elena Álvarez, que había tenido una gran trayectoria en los ámbitos circenses y también en los escenarios teatrales, contrata a Luis para trabajar en el aún hoy vigente Teatro Colonial de la ciudad de Avellaneda. Y su debut fue con una obra capital: “El conventillo de la Paloma”, de don Alberto Vaccarezza. A partir de ahí, un devenir de posibilidades venturosas en cuanto a progresos artísticos se fue dando cita ya que Sandrini tuvo la oportunidad de integrar, en primer término, la compañía del propio Vaccarezza, luego la del Cabezón Ramírez, figura emblemática del teatro de revistas y también de amplia incursión como actor soporte en el cine argentino, y como si esto fuera poco, más tarde Luis tuvo la posibilidad de integrar las huestes de Muiño-Alippi.

 

“Tango”

 

Sin embargo, en 1932, un episodio de enorme magnitud se presentaría en el derrotero artístico de aquel joven intérprete. La creación de Argentina Sono Film le permitió debutar como actor en la primera película sonora argentina: “Tango”, y a partir de este acontecimiento la vida de Luis Sandrini se insertará en la gran historia de nuestra cinematografía como uno de sus representantes de mayor brillo y popularidad. La continuidad, después, se fue dando con “Riachuelo”, “Los tres berretines”, “El hijo de papá”, “Don quijote del altillo”, “El cañonero de Giles” y así continuó con “Bartolo tenía una flauta” y “Un bebé de contrabando”. Su trayectoria, entonces, fue adquiriendo una trascendencia inusitada. Y en esa sucesión de episodios artísticos y privados, Luis conoció a su primera esposa, la también actriz Chela Cordero; se casaron en México y se divorciaron al poco tiempo.

 

A todo esto, Sandrini había apostado a su desafío como empresario, aunque con resultados desalentadores. Lo contrata después Pampa Film y siguen otros éxitos como “Chingolo” y “Juan Globo”.

 

En 1944, a instancias de Tita Merello, el segundo y enorme amor de Luis, quien le habló a Miguel Coronato Paz, el actor pudo desarrollar un personaje que le vendría como anillo al dedo al entonces más que ascendente intérprete.

 

 

Sandrini, el actor que se ganó el corazón del pueblo
Chela Cordero, su primera esposa.

 

Nació Felipe

 

Y Felipe, el gran personaje de su trayectoria, nació en una mesa de bar y Sandrini lo sacó, puntualmente, de la vida real, recordando a un especial personaje que había conocido en La Paternal: un hincha rabioso de Argentinos Juniors que formaba parte de la tradicional barra de la esquina, que no se expresaba bien y al que le quedó el apodo de Tarta. “Un buen día lo probé -recordó muchos años después- y me dije qué lindo para hacerlo en el teatro. Lo ensayé durante toda una noche y quedó, finalmente, como un verdadero arquetipo”. Felipe debutó radialmente el 16 de julio de 1944, a las 13.05, en Radio El Mundo, con la animación de Juan Carlos Thorry y luego con los aportes de Ignacio de Soroa, Jorge Paz y Julio César Barton. En 1967, finalmente, Sandrini dejó a Felipe, ya abrumado de las imitaciones y comparaciones que se habían hecho de este singular y enorme personaje de la historia del teatro y el cine argentinos.

 

 

Los amores de su vida

 

Fue un amor tormentoso y también apasionado. Tita Merello conoció a Sandrini en 1933 durante el rodaje de la película “¡Tango!”, cuando aún estaba casado con la actriz Chela Cordero, 13 años mayor que él. La relación con Cordero terminó cuando Sandrini comenzó a salir con Merello, en 1942. Más tarde, Tita confesó que cuando se enteró de que Cordero había sido internada en un sanatorio, gravemente enferma en 1982, concurrió a visitarla y le dijo: “¡Perdone, señora, por todo el daño que le hice!”.

 

Posteriormente, en 1946, cuando ambos partieron a México, se vincularon con otras parejas famosas como la de Hugo del Carril-Ana María Lynch, Libertad Lamarque-Alfredo Malerba y Enrique Santos Discépolo-Tania. Así transcurrían los acontecimientos, cuando en 1948 Sandrini fue convocado para filmar en España “¡Ole, torero!” con Benito Perojo, aunque Merello decidió permanecer en Buenos Aires para filmar un clásico de los clásicos: “Filomena Marturano”, que significó, en definitiva, su consagración como actriz dramática. Luego de una discusión marital revelada en el libro biográfico de Néstor Romano, “Se dice de mí”, la pareja finalmente se disolvió.

 

 

Sandrini, el actor que se ganó el corazón del pueblo
Tita Merello, uno de sus grandes amores.

Luego se presentará la gran etapa sentimental del actor en su mayor esplendor. Entonces, en 1949, cuando Malisa Zini abandonó la compañía teatral que integraba Sandrini, el actor decidió llamar a la joven actriz Malvina Pastorino para su reemplazo. Pastorino confesó tiempo después que “cuando lo conocí me inquietó. Me elogió las piernas y me sentí cohibida, pues tenía fama de donjuán: siempre había chicas revoloteando a su alrededor. Luis comenzó a cortejarme como un novio formal. Me hice amiga de su madre Rosa y fue a mi casa materna a pedir mi mano. Se trató para ambos de un momento decisivo en nuestras vidas y me enamoré. Hicimos un pacto: no hablar nunca de nuestros respectivos pasados”. Así dadas las cosas, Sandrini y Pastorino se casaron el 20 de mayo de 1952 en Uruguay 104 y luego en la parroquia de San Isidro. El matrimonio tuvo dos hijas, Malvita y Sandra. Fue una muy bella historia de amor, que forma parte de los grandes capítulos de la historia del espectáculo argentino.

 

 

Sandrini, el actor que se ganó el corazón del pueblo
A Malvina Pastorino la conoció trabajando, y se enamoraron.

 

Récord teatral

 

Para la historia grande de nuestros escenarios. La obra “Cuando los duendes cazan perdices”, del uruguayo Orlando Aldama, la gran e insuperable apuesta teatral de Luis Sandrini, se constituyó en un fenómeno único desde su estreno en 1949 con localidades agotadas una semana antes de cada función (8 semanales) y el éxito los acompañó durante más de cuatro años consecutivos (1949 a 1952). Un artista singular e inolvidable.

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