Murió Diane Keaton: un adiós íntimo y millonario, con polémica por la herencia, los hijos y la soledad de sus últimos días
El legado de la actriz trasciende el cine. Su estilo único, su amor por el arte y su ejemplo de vida auténtica la convirtieron en una figura irrepetible y su partida cierra un capítulo glorioso. Leé todo en la nota.
La noticia de la muerte de Diane Keaton inundó de dolor a Hollywood y al mundo. La actriz, un ícono por clásicos como “Annie Hall” y “El Padrino”, falleció a los 79 años, confirmó un vocero de la familia. Protectora de Woody Allen, a quien defendió con firmeza cuando la industria lo canceló, Keaton deja un legado artístico inmenso y una fortuna millonaria que heredarían sus dos hijos. Sus últimos meses estuvieron marcados por un retiro absoluto y una soledad que ahora revela sus detalles más íntimos.
En su etapa final, Keaton se recluyó en su casa de Brentwood, Los Ángeles. Alejada de los flashes y las apariciones públicas, priorizó una vida privada junto a sus seres más cercanos. Su última publicación en redes, durante abril de 2025, la mostraba con su perro Reggie, sin dar indicios de problemas de salud. Sin embargo, un amigo cercano confió al Daily Mail: “Su deterioro fue muy repentino, lo que resultó desgarrador para todos los que la querían”.
Un dato que llamó la atención en sus últimos tiempos fue la decisión de poner en venta la casa de sus sueños, esa misma que remodeló durante casi una década y a la que dedicó el libro ‘The House that Pinterest Built’. La mansión, valuada en 29 millones de dólares, representaba su pasión por el diseño y la arquitectura. Que decidiera desprenderse de ella, sorprendió a todo su círculo.
Los vecinos la recuerdan con cariño. Uno de ellos la describió como “siempre amable, divertida y conversadora”. Y agregó: “Hablaba con su perro como si fuera una persona. Era excéntrica y tenía ese aura de la vieja escuela de Hollywood. Era realmente muy especial”. Pero en sus últimos meses, esos paseos diarios con su mascota, que eran una rutina, empezaron a faltar.
Su carrera, con más de cinco décadas, dejó una huella imborrable. El Oscar por “Annie Hall” en 1978 y su papel de Kay Adams en El Padrino la consagraron. Su colaboración y amistad con Woody Allen fue clave en filmes como Manhattan y Interiors. También forjó una alianza creativa con la directora Nancy Meyers en éxitos como Alguien tiene que ceder, la película que ella misma consideraba su favorita.
Keaton siempre se caracterizó por su independencia. Decidió no casarse y, ya pasados sus 50 años, adoptó a sus dos hijos, Dexter y Duke, criándolos como madre soltera. Su fortuna, estimada en más de 100 millones de dólares, provino de su trayectoria actoral y de sus astutas inversiones inmobiliarias. Al no tener cónyuge, todo indica que su herencia queda en manos de sus hijos.
El legado de Diane Keaton trasciende el cine. Su estilo único, su amor por el arte y su ejemplo de vida auténtica la convirtieron en una figura irrepetible. Como ella misma expresó al recibir un premio a su trayectoria, vivió agradecida por una experiencia que representó la celebración que siempre evitó. Su partida cierra un capítulo glorioso.


