Mario Pergolini y la vuelta a "Otro día perdido" tras el duelo por su madre: "Fueron días difíciles..."
El conductor se ausentó el jueves pasado por la muerte de su mamá. Volvió con humor negro, agradecimientos y un hijo que abrió el corazón. Mirá el video en la nota.
Mario Pergolini volvió a la pantalla de "Otro día perdido" después de unos días durísimos. La muerte de Beatriz, su mamá, lo mantuvo alejado del estudio de El Trece el jueves pasado. Tras romper el silencio en redes con un emotivo mensaje, el lunes Mario regresó con una mezcla de dolor, humor ácido y agradecimiento. Tras contar que fueron días difíciles largó una promesa de chistes de funerales.
El ciclo arrancó con una cortina musical, las luces del estudio y la gente del piso aplaudiendo un poquito más fuerte que otros días. Mario Pergolini se acomodó en su silla, miró a cámara y, antes de cualquier chicana, soltó una frase que cortó el clima festivo: "Bienvenidos todos. Antes que nada, gracias por acompañarme en estos días que fueron un poco difíciles para mí". No dijo más. No hizo falta. La audiencia entendió: el jueves pasado no estuvo porque Beatriz, su mamá, se había ido.
Pero Pergolini no es de los que se quedan en el llanto fácil. Fiel a su estilo, rápido agregó: "Igual tengo chistes de funerales". Ahí nomás, su compañero Agustín "Rada" Aristarán le contestó con una sonrisa cómplice: "Un país está esperando esos remates". El estudio largó una risa nerviosa, de esas que alivian. Y Mario siguió: "La verdad, recibí mucho cariño. Agradezco a todos con los que me he cruzado. Incluso en la cancha el sábado, después de ese partido, no sé cómo me saludaban, ¿no?". La referencia fue a la dura derrota de Boca contra Huracán en la Bombonera. O sea: entre el duelo por la madre y el duelo futbolero, el tipo eligió agradecer igual.
Pero la nota de fondo, lo que realmente movilizó a la gente, vino por otro lado. Tomás Pergolini, el hijo mayor de Mario, se sentó en el programa de stream Esto no sucedió por Vorterix y abrió la cloaca. Habló de su abuela Beatriz como pocos se animan: sin filtro, con la voz quebrada y una honestidad que duele. "Siempre me tuvo muy presente y eso a mí me enternece un montón", largó. Y contó que la señora, sin ningún empacho, decía delante de los otros nietos que él era su favorito. "Una barbaridad", reconoció Tomás, "pero era una señora que no le temía a nada".
Después vino lo más crudo. Tomás reveló la fortaleza de su abuela hasta el final: "Ojalá yo pueda heredar el 10% de su entereza y de su fortaleza sentimental y física". Y soltó una frase que retrataba a esa mujer: "Ella ya cansada, diciendo ‘la puta madre, ¿por qué tengo que vivir tanto?', se agarraba de mil cosas y salía entera". Un monumento a la dignidad, dicho en criollo.
El momento más emotivo, igual, llegó con una confesión chiquita pero enorme. Tomás, que hace poco empezó a estudiar gastronomía en el IAG (Instituto Argentino de Gastronomía), admitió: "Me quedó una minideuda pendiente: nunca le cociné". La voz se le quebró. Después encontró algo de paz en una reflexión que le tiró un amigo: "Por más que no le hayas cocinado, va a vivir para siempre en tu comida porque ella fue la que te dio las ganas de cocinar". Y cerró con una imagen precisa: "Mi abuela cocinó los mejores canelones que comí en mi vida y las mejores papas fritas que me han freído".
Lo que mostraron Mario y Tomás Pergolini estos días es una rareza en el mundo del espectáculo: un duelo sin maquillaje. En un medio donde los famosos suelen mostrar la tristeza estilizada (flores blancas, frases hechas, silencios medidos), acá aparecieron dos tipos con el corazón en la mano. Mario, usando el humor negro como escudo y como herramienta. Tomás, llorando por una abuela que lo mimaba sin disimulo y que le dejó una deuda pendiente en la cocina. No hubo poses. Hubo canelones, papas fritas y una vieja que vivía diciendo "la p... madre".
El dato curioso es cómo el público recibió esta doble exposición. Por un lado, las redes se llenaron de mensajes de apoyo a Mario. Por otro, el testimonio de Tomás se viralizó porque tocó una fibra universal: esa culpa boluda de no haber hecho algo más por un ser querido que ya no está. "Siempre va a quedar algo por hacer, siempre vas a lamentar un poco no haber estado más", dijo Tomás. Y esa frase, tan simple como devastadora, pegó más que cualquier discurso armado.



