Madres: cuando el amor deja de ser perfecto y nos da un respiro
"Secretos de un vínculo" desarma la idea idealizada de la maternidad y la convierte en una experiencia viva, incómoda y profundamente humana.
Hay obras que cuentan una historia. Y hay otras -como "Secretos de un vínculo"- que abren una grieta. Despacio, como una pregunta que horada el alma... ¿Por qué insistimos en que algo tan hondamente imperfecto se vea limpio, ordenado, casi impecable?
La obra, escrita y dirigida por Natali Aboud y nacida de "Emociones de la Maternidad", de la doctora Adriana Grande, trabaja sobre una materia incómoda: esa vida emocional que muchas veces queda a mitad de camino, entre la maternidad, las crianzas y la identidad. Como si, tal como escribe la autora, fuera posible "vivir con la emoción partida, a medio florecer", y en ese intento atravesar los roles -hija, madre, mujer- sin que nada termine de tocarnos, y todo nos cambién a la vez.
La puesta recoge esa inquietud y la vuelve cuerpo. ¿Se puede maternar desde ese lugar? ¿Se puede amar sin ser atravesada?. "¿O será la vida otra cosa, una oportunidad para que cada fibra toque su acorde?". Las dudas resuenan en escena, no como cita literal sino como vibración. Porque lo que hacen las actrices -Josefina Botto, Jennifer Moule, Bárbara Goldschstein y Emilia Rodríguez Griñó- es justamente eso, buscar un acorde propio en medio del ruido heredado.
En este recorrido -entre canciones, ideales imposibles y el deseo-, el amor, deja de ser una idea abstracta para convertirse en una pregunta urgente que describe Grande: "¿es una tangente que nos roza o una fuerza que nos atraviesa?"
La obra parece inclinarse por lo segundo, pero sin romantizarlo. Porque si la maternidad atraviesa, también sacude, desborda, desarma. "Se adueña de nosotras", y en ese movimiento deja poco espacio para la imagen idealizada de Instagram y TikTok. Somos como nos va saliendo, parece.
Hay una escena -o mejor dicho, un clima- donde esa tensión se vuelve evidente. Cuatro mujeres que se miran entre sí buscando respuestas que nadie les dio y que seguramente no encuentren. Como en ese pasaje del libro donde la autora observa a otras madres y se pregunta cómo hicieron, cómo pudieron, cómo resolvieron lo irresoluble. Y la conclusión cae, simple y brutal: estábamos solas.
Este texto apasionado, encarnado con sensibilidad, no niega esa soledad, pero la pone en común. La vuelve compartida. Parece difícil, pero el aislamiento es un punto común.
Porque si "nace un hijo, nace una madre, nace una dupla", también nace -en escena- otra cosa: un entramado. Un grupo. Un espacio donde esa madre que se mueve como puede ya no lo hace del todo sola. Y aparecen las preguntas, los destiempos, las certezas de un minuto.
¿Es más fácil ver la etiqueta que traemos de la infancia, que aquella que trasladamos a nuestra prole? ¿Somos mandonas a más no poder por el bien de alguien? ¿Saldremos vivas de todo este embrollo? Quién sabe.
Entonces, la pregunta inicial cambia de forma. Ya no es por qué intentamos volver pulcro lo imperfecto, sino ¿qué pasa cuando aflojamos y dejamos de hacerlo?
Pero no, en esta escena no esperen moraleja. "Secretos de un vínculo" no responde, pero deja una certeza flotando, incómoda y necesaria. Solo cuando lo imperfecto se nombra, el amor -ese que no siempre alcanza, ese que a veces desborda- empieza, de verdad, a tocarnos.



