Muchos vieron en la pasión su principal virtud, pero también su defecto. La desmesura fue una de sus normas. Y eso marcó su vida política, y eso, en parte, marcó su muerte. Su llegada a la Casa de Gobierno es un buen ejemplo de esa característica política que marcó su militancia y su presidencia.

El 25 de mayo de 2003, en sus primeras fotos en la Casa Rosada se lo ve con un pequeño apósito en el lado izquierdo de su frente. Esto fue producto de una herida que se produjo al golpearse con una cámara fotográfica cuando se lanzó a saludar a la multitud que lo esperaba en las escalinatas del edificio.

Néstor y una imagen histórica.

Rompió todos los protocolos, no hizo caso a las medidas de seguridad ni a la prudencia. Así terminó herido, pero feliz. “Quiero concretar los sueños perdidos”, aseguró en su primer mensaje como Presidente de la Nación. “Vengo a proponerles un sueño, quiero una Argentina unida”, dijo en su discurso inaugural.

Pero esto último no pudo hacerlo. La “grieta”-tan perdurable, tan apegada a la historia argentina- se fue abriendo paso en el transcurrir de la acción de un hombre que cambió la vida política del país.

Sin duda Néstor Kirchner fue de los llamados presidentes “fuertes” en la historia nacional y, como tal, recogió importantes adhesiones y rechazos, lo que ocurre con aquellos mandatarios que dejan su huella en el país.

El legado de Néstor y su llegada a la Casa Rosada

Llegó del “que se vayan todos” del 2001 y después de una década de menemismo que despreció la militancia política, convirtiéndola en un obstáculo para el triunfo y crecimiento individual en un mundo de negocios y de elecciones convenientes.

Kirchner reinsertó la política en la vida de los argentinos. Y así volvieron las discusiones apasionadas y la famosa “grieta”. Así como la lucha con los grandes medios de comunicación, la que continuó aún después de dejar la Casa Rosada en manos de su esposa, Cristina Fernández.

El renacer de la militancia política que se planteó con la llegada del kirchnerismo tuvo una respuesta contundente el jueves 28 de octubre, cuando, en el funeral del ex presidente entre las decenas de miles de personas que llegaron al Salón de los Patriotas Latinoamericanos en la Casa Rosada, sobresalía la participación de los jóvenes.

La remoción del cuadro del dictador Jorge Rafael Videla, un momento bisagra en la historia de los derechos humanos en nuestro país.

Los herederos de una revalorización y renacer de la política, que excedía la creación de La Cámpora. Muchos jóvenes adhirieron a lo que fue una de sus banderas fundamentales: los derechos humanos y la recuperación de los juicios a los militares de la última dictadura. Las fotos que lo muestran ordenando que bajen del Colegio Militar los retratos de los dictadores Videla y Bignone, se convirtieron en un símbolo. Así como su discurso en ex sede de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), reconvertida por la democracia.

En la economía, heredó los desastrosos números que llevaron a la crisis del 2001, pero también la devaluación y el comienzo de la reactivación durante el breve gobierno de Eduardo Duhalde. Kirchner centralizó el poder económico y estaba detrás de cada detalle de las grandes decisiones. Apostó a un modelo productivo de tipo de cambio de caja.

En este punto, los altos precios de las materias primas fueron un gran sostén. Esto permitió sostener una medida que con el tiempo se iba a tornar problemática, pero que ayudó mucho a aliviar los bolsillos de la población y de pequeños empresarios: el subsidio de los servicios públicos que permitieron mantener controladas las tarifas. El otro punto central fue la política de desendeudamiento y el pago al Fondo Monetario Internacional. Pero estos logros no consiguieron contener la creciente desigualdad en los ingresos.

La redistribución de la renta continuó siendo una deuda del kirchnerismo. Una gran marca dejó de la política internacional, donde allí sí rompió el molde heredado del menemismo sobre las “relaciones carnales” con los Estados Unidos.

La unidad latinoamericana, eje de sus políticas

La consolidación de la unidad latinoamericana fue una marca de época en la que se encontraban gobernando líderes como Lula Da Silva, Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa.

De espaldas a los Estados Unidos de Bush, se creó la Unasur y a partir de esta unidad se pudieron frenar intentos desestabilizadores en países como Bolivia, cuando en 2008 desde Santa Cruz de la Sierra -con el aporte de Washington-, se estuvo a punto de derrocar al gobierno de Evo Morales.

¿Con una Unasur activa se habría podido dar el golpe de 2019? Difícil. Sin duda Néstor Kirchner fue un presidente que cambió fuertemente algunos esquemas, aunque no pudo lograr que sus ideas de fondo llegaran a aplicarse totalmente.

La unidad latinoamericana en un sola imagen.

Pero sí las instaló en la agenda política. Por lo pronto le devolvió al Estado su capacidad, su poder. Que la política haya pasado a ocupar un primer plano fue un gran aporte para la democracia.

En el camino, desde su asunción hasta su muerte, se enfrentó con duros conflictos con los productores agropecuarios, con los medios más importantes y también con la Iglesia Católica. Llegó al poder débil, porque apenas había conseguido el 22% de los votos, pero rápidamente revirtió esa situación.

Se fue del gobierno con un alto índice de popularidad y apoyo social. Lo hizo a su manera. “No hacía concesiones, gobernaba en serio, era el que mandaba”, recuerda uno de los ministros que lo acompañó entonces.

Era un “animal político” de 24 horas, no paraba, ni siquiera ante las advertencias que le hicieron su propio cuerpo y su salud. Fue un presidente que inventó una era, un movimiento, que continuó su esposa, a quien en 2007 entregó la banda presidencial. Murió en su plenitud política. Y lo hizo como vivió, apasionado por la política.

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