Oscar Casco: el último de los amantes ardientes

Un galán que le puso misterio, sensualidad e inveterada atracción a sus personajes y de cuyos labios emanaba aquella histórica frase: "Mamarrachito mío" que se convirtió en marca registrada de un intérprete. 

@Rfilighera

Se trató de un actor de singular porte y con gran búsqueda artística. Si bien el radioteatro fue su canal de máxima inspiración, otros ámbitos como el cine, el teatro y la televisión lo presentaron como un artista de interesantes recursos. Un hombre fino, sensible y con una voz que enamoraba a rabiar. Oscar Casco (seudónimo de Oscar Adrián Goizueta) es una personalidad señera del espectáculo argentino y se lo recuerda, en definitiva, como uno de los inveterados románticos.

Casco, cuya emblemática frase (y latiguillo) en el radioteatro fue la recordada: "mamarrachito mío", había trabajado con pasión y fuego sagrado hasta los últimos años de su vida, poniendo, en evidencia, su vocación por la actuación. El seguía leyendo teatro y poesía y escribiendo, por otra parte, muchas glosas. Era, en definitiva, un hombre del arte en todas sus expresiones.

Si bien su apogeo se extendió desde mediados de los años cuarenta hasta finales de los cincuenta, posteriormente, continuó en el ámbito de la tevé, incursionando en un género fundamental de nuestros escenarios: el grotesco. No obstante, prosiguió en el radioteatro con su acostumbrada solvencia.

Se inició en 1942 en Radio El Mundo y en los años cincuenta fue una de las figuras destacadas del radioteatro, en Radio Splendid, actuando con Hilda Bernard como coprotagonista sobre libretos de Nené Cascallar y de Alberto Migré, para luego pasar a El Mundo. En la radio,  precisamente, compartió escenas junto a primeras figuras como las actrices Susy Kent, Iris Láinez, Marga de los Llanos, Celia Juárez y Nydia Reynal.

 

Oscar Casco: el último de los amantes ardientes
Un caballero de fina estampa. (Foto Archivo Crónica)

Su proyección artística encontró, por otra parte, en el cine, una veta de generoso recorrido. En este sentido, su primera aparición en la pantalla grande fue en el recordado filme Juan Globo (1949), junto a Luis Sandrini. Por otra parte, la televisión lo contó en diversos ciclos que supieron de su versatilidad como actor y de su enorme popularidad. Y como las glosas eran base fundamental de su oficio, en 1952 publicó el libro de poemas "Milagro de amor", dando cuenta de su búsqueda profesional y un talento nato para incursionar en otros ámbitos. 

Y el teatro, a su vez, no podía quedar ausente de su foja de servicios. Entre otras comedias, puso su sello y distinción en "Atrévete Susana", generando una destacada recepción popular. 

Cabe señalar que en 1954 trabajó en una función teatral y folclórica, acerca de los 39 años del club Círculo General Urquiza, junto a Iris Laínez y Francisco de Paula y también en su paso por varios escenarios, acompañando a otros colegas de la jerarquía de Alba Castellanos y Héctor Méndez. Asimismo, llegó a grabar un disco para la RCA Víctor donde aportaba su característica voz en poemas. Y como una suerte de giro definitivo en su profesión, en 1978 dejó la actuación para dedicarse, con mayor amplitud, a la conducción.

 

El difícil arte de ser actor

Como otros grandes de la historia del espectáculo argentino, se debió imponer a cierta incomprensión del medio artístico. Su familia, en definitiva, no entendía como él quería dedicarse de lleno a la actuación, circunstancia poco práctica y "sospechosa" para la moral media de aquellos años. En consecuencia, sus convicciones fueron tan firmes que nadie le pudo  torcer el brazo.

Ya en su adolescencia se lo podía observar concurriendo a una sociedad de fomento en Caballito para hacer las primeras armas de teatro. Así dadas las cosas, este grupo ponía una obra cada tres meses, circunstancia que le favorecía para despuntar otra de sus grandes pasiones: el fútbol.

Precisamente, jugaba de 5, un centrojas a la antigua, un ordenador de su equipo. Y si bien la pelota no le era esquiva, su talento, sus grandes goles iban a provenir del arte, de la modulación y del particular decir de su voz.

Precisamente, en el ámbito radial se encontrará con verdaderos grosos, figuras con las que iba a tener la oportunidad de trabajar durante varias etapas de su trayectoria. A saber: Hilda Bernard, Celia Juárez, Eduardo Rudy, Martín Zabalua, se integraron a elencos de primer nivel en cuanto a calidad y popularidad.

Oscar Casco: el último de los amantes ardientes
Compartiendo una cena con el gran Fidel Pintos. (Foto: Archivo Crónica)

Su debut, siendo muy joven, fue en el radioteatro "La pasión y muerte de Jesucristo" y la suerte no lo acompañó. Los papeles con sus letras se cayeron y desapareció su personaje. Mal inicio, pero aquel emprendedor estaba decidido a conquistar sus deseos. Precisamente, después llevó a cabo cinco audiciones para un radioteatro cuya protagonista era nada más, ni nada menos que Tita Merello.

"Gladiola" fue un trabajo que lo ubicó en el lugar de los reconocimientos. Después, fue convocado por Nené Cascallar: "Hogar de mujeres"; era el único personaje masculino y que mantenía amoríos con todas las damas del lugar. Su rol se trataba del doctor Lezama y fue el primer trabajo por el que empezó a recibir una importante cantidad de cartas de sus admiradoras.

Oscar Casco: el último de los amantes ardientes
Su porte de galán, inolvidable. (Foto Archivo Crónica)

Y mientras transcurría su carrera de manera meteórica, su voz se convirtió en una de las preferidas del radioteatro. De esta manera, sus trabajos en títulos como "El rebelde", "El esclavo", "Fuego sagrado", lo ubicaron, por ese entonces, en un lugar de gran trascendencia artística.

Del horario vespertino, sus ciclos, pasaron a la noche. Por otra parte, amante del teatro y la literatura, Casco, seleccionaba sus autores y trataba, en lo posible, llegar a su audiencia con la mayor calidad de historias y personajes. Y cuando le preguntaban en donde radicaba el éxito de sus ciclos, Oscar, siempre humilde, destacaba que estaba centrado en los impecables guiones de Nene Cascallar, una autora que según comentaba Casco, conocía como nadie los entretelones del alma femenina.

 

Matrimonio  secreto

El romanticismo de Oscar Casco, todo un estilo del radioteatro y de la telenovela, le exigió a mantener en secreto su mundo personal, concretamente su unión matrimonial. Costumbre de otras épocas del mundo del espectáculo, en donde el oyente o el televidente necesitaba alimentar el sueño de conocer y conquistar, en alguna oportunidad, a cualquiera de sus galanes preferidos.

El hechizo no hubiera funcionado si se daba a conocer a su esposa.  Y debido a las características de su profesión, tanto Oscar como su esposa decidieron mantener en la más absoluta de las reservas su unión matrimonial. Lo que nunca abandonó Casco fue su perfil romántico que lo caracterizó desde sus comienzos.

R.F

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