Nélida Roca, la Venus de la calle Corrientes
Dotada de un físico espectacular, cautivó al público en aquellas inolvidables funciones de la revista porteña, generando un capítulo de oro en los escenarios del teatro Maipo y del Nacional. Tributo a aquella mujer que el mismísimo Federico Fellini hubiera elevado al pedestal de diosa absoluta.
@RFilighera
Icono fundamental en la época de oro del género revisteril porteño, su espectacular figura arriba del escenario generó leyendas, mitos y sueños. Fue allí, en el Maipo, donde junto a una lista de grandes personalidades de la escena, consumó uno de los capítulos más destacados del teatro nacional.
Nélida Mercedes Musso -artísticamente, Nélida Roca para todo el mundo- nació el 30 de mayo de 1929 y murió, a los 70 años, aquejada de una dolorosa enfermedad, el 4 de diciembre de 1999. Apodada como “La Venus de la calle Corrientes”, estaba dotada de un cuerpo escultural en una época en la que no existían, precisamente, cirugías estéticas ni siliconas. Y según reza la mitología porteña, no hubo vedette que bajara la escalera en la revista con tanto garbo y espectacularidad como la Roca. Desde su niñez, Nélida ya tenía vocación por el espectáculo y quería ser actriz.
Se casó a los 16 años
Quiso ser artista confrontando a su padre, un italiano de Génova, y de su madre, nacida en Galicia, España. La solían apodar en su casa como Pucci, por Puccino (en italiano, pollito). Precisamente, durante sus años dorados como cantante, y en pareja con Julio Rivera Roca (con quien se casó a los 16 años), pianista de jazz, pudo cumplir sus sueños en esa primera etapa en su rol de cantante.
La anécdota narra que en 1948 Luis César Amadori, el legendario director de cine y dueño del teatro Maipo la descubre en ocasión de asistir a la confitería Richmond (local que se encontraba frente a la histórica sala) y le produce, en consecuencia, uno de sus espectáculos. Y hablando de leyendas, se cuenta que el precio de las butacas del Maipo, en la primera fila, se triplicó, un verdadero detalle de color para el espectáculo y las noches de Buenos Aires, por aquel entonces.
Nélida Roca debutó en el teatro Maipo con la revista que se dio en llamar “¡Qué de cosas hay que ver!”. El elenco se integraba con las actuaciones de Marcos Caplán, Thelma Carló, Carlos Castro “Castrito”, María Esther Gamas, Dringue Farías, Jovita Luna, Vicente Rubino, Beba Bidart, Diana Montes, Nenina Fernández, Amalia Montero, Luis García Bosch, Tamara Mikhailova, Carlos Sandor y el Maipo Ballet. Dirección: Antonio Botta; dirección coreográfica: Victoria Garabato; dirección musical: Lino Vinci; escenografía: Raimundo, y finalmente, vestuario: De las Llongas. El día de su debut salió del fondo del escenario, caminando muy despacio, tapada completamente, del cuello a los pies; la iluminación tuvo un efecto contundente y avasallador en aquella escena y la platea, al verla en toda esa enorme dimensión, expresó una expresión de sorpresa y admiración. Cantó tres temas y al final generó una enorme ovación. Presagio de lo que finalmente iba a conseguir en esa sala.
Su presencia era subyugante, imponente, totalizadora. Con el elenco reunido en todo el escenario y una enorme escalera dispuesta en el centro de aquella escena, Nélida descendía con un glamour de sensualidad único y atrapaba la atención de todos, generándose un clima particularmente espectacular. Bajaba, pero en la extensión del tiempo parecía prolongarse esta situación hasta el infinito. Las miradas de la sala estaban centradas en aquella voluptuosa mujer.
Con tacos grandes, apenas una bikini, plumas y demás ornamentos cubriendo su espalda y cabeza, aquella figura tomaba dimensiones de éxtasis, nunca antes visto. En tanto, el elenco la aplaudía y seguía aquella escena con particular unción. El brillo se desparramaba por doquier, la cabeza bien erguida y aquellas piernas, maravillosamente dibujadas en la geografía de aquel hermoso cuerpo, daban pasos y testimonios de una inimaginada sensualidad.
Tejía y bordaba su propia ropa
Nélida solía llegar al teatro, siempre, de manera muy temprana, en lujosos autos sport y se recluía inmediatamente en los camarines. Si durante los ensayos había algo que no le agradaba, dicha situación nunca la comentaba en público y lo debatía en el lugar que correspondía. Permanentemente se la recordaba como una gran compañera, con una insoslayable sonrisa a flor de piel. Por otra parte, bordaba su propia ropa, sus bikinis, y lo hacía con amor y eficiencia.
Nunca se le conoció un escándalo
Con los actores en el escenario era muy compinche ante las miradas y los chistes que se le hacían como consecuencia de sus movimientos insinuantes, pero nunca, bajo ningún argumento, permitía que fuera manoseada o tocada. La finura y las convicciones en su forma de manejarse eran cuestiones incorporadas en su estilo de vida profesional.
Era prolija en su trabajo y, también, en su vida privada. A Nélida nunca se le conoció un escándalo. Se trataba de una artista rigurosa en la rúbrica de sus contratos y exigía, en este sentido, firmes condiciones para sus cuadros, coreografías y sus sketches. En su universo afectivo, Nélida amó y fue amada, aunque tuvo algunos disgustos.
En ocasión de vivir en su departamento de la avenida Alvear, su pareja, una persona muy apuesta (en ese entonces vinculada al ambiente artístico y que luego llegó a vender pulóveres en los camarines de los teatros), le pidió a Nélida que pagara los impuestos del inmueble, acotando luego que se había olvidado de traer unas boletas y que luego las iba a buscar. Esa persona tomó el ascensor y la vedette observó que, en lugar de bajar hacia el palier, se dirigió a otro piso, precisamente donde vivía una mujer conocida por sus dotes de conquistadora, siempre en su rol de tercera en discordia de muchas parejas de aquel lugar. Cuando el hombre en cuestión llegó nuevamente a la planta baja, Nélida le dijo de manera contundente: “Dame las boletas, juntá tu ropa, empezá a hacer las valijas y andate de este lugar lo más rápido posible”.
Muy compinche de Egle Martin
Justamente, a otra grande de la revista porteña, Egle Martin, le posibilitó que conociera a Lalo Palacios, quien con el paso de los años se convirtió en el gran amor de “la Negra”. En una oportunidad, mientras trabajaban juntas en El Nacional (Pepe Arias, Tato Bores, Adolfo Stray), Nélida le dijo que un amigo de su novio quería conocerla. Como Egle realizaba un cuadro donde hacía participar a un espectador en un juego de cartas, Nélida hizo ubicar a su novio y a su gran amigo (Palacios) en primera fila y se lo señaló muy sutilmente para que Egle lo eligiera. Lalo experimentó tanta emoción y nerviosismo que se le cayó el mazo de cartas y el cuadro, en consecuencia, se frustró de manera estrepitosa. Esa noche, Egle se enojó muchísimo con Nélida porque creyó que se trataba de una broma, más allá de que Nélida había jurado, una y otra vez, que Palacios se había puesto muy nervioso ante lo sorpresivo de aquel episodio. No obstante, esa misma noche llegó al camarín de Egle un ramo de flores, pidiéndole las consabidas disculpas.
A todo esto, cuando Egle salió del teatro, Lalo Palacios estaba esperándola en el hall y la Negra, que no quería saber absolutamente nada de él, se retiró raudamente, quedando el enamorado totalmente desairado. Sin embargo, al día siguiente, Egle pensó mejor este episodio y le comentó a Nélida que quería verlo. “Ay, nena, eso no se hace con un hombre”, y agregó: “Ahora vas a esperar y vamos a arreglar una salida”. Y pasaron unos días, la reunión se concretó y Lalo se le declaró a Egle, sellando, de esta manera, una verdadera historia de amor.
El último trabajo revisteril de Nélida estuvo centrado en el teatro Astros, en 1974, propiedad del creador de este diario, Héctor Ricardo García. Se trató de “La Revista de Oro”, espectáculo que estaba protagonizado, también, por Jorge Porcel y Susana Giménez. Y aquí, un detalle, particularmente contundente. Se trató de un éxito extraordinario. Por semana recaudaban 57 millones de pesos. El espectáculo que los seguía en cuanto a recaudaciones juntaba en el mismo período 17 millones de pesos. En tanto, el resto de las obras que integraban el top había quedado particularmente relegado. “La Revista de Oro” contaba los viernes y sábados con tres funciones: vermouth, noche y trasnoche.
El doloroso final
La dolorosa y compleja mueca del destino le jugó, empero, un triste y lamentable final. Aquejada por artritis reumatoidea que afectó sus rodillas y sus manos, con deformación en sus dedos y con dolores profundamente intensos, Nélida se sometió a diversos tratamientos, uno de ellos llevado a cabo en Cuba. Por otra parte, enfrentó problemas renales y debió, durante muchos años, depender de la diálisis. Estuvo hospitalizada en varias oportunidades. Quien escribe estas líneas recuerda haberla visto internada en el Hospital de Clínicas, ubicado en la calle Córdoba, en una amplia sala compartida con otros pacientes. Triste postal, en definitiva, de quien había sido en sus años de apogeo la imagen del brillo, las luces, el esplendor y la belleza más sensual de nuestros escenarios. Sin embargo, aquella mujer, en nuestros corazones seguirá siendo la insuperable y recordada “Venus de la calle Corrientes".
Sus parejas fueron Julio Rivera Roca, Aldo Perricone, Alberto Pérsico y Hernán de Lafuente. A todos se brindó con la pasión, el compañerismo y la actitud siempre, insoslayable, de haber sido una de las mujeres más fieles en sus relaciones de pareja en la historia del mundo del espectáculo.
R.F



