Preocupación en "Gran Hermano": se desmayó un participante por la escasez de comida y la producción cortó la trasmisión
Un "hermanito" del reality de Telefe se desplomó durante el ensayo de una prueba por la falta de alimentos. La producción no quiso mostrar nada. ¡Mirá el video!
La situación dentro de la casa de "Gran Hermano" se volvió crítica. Hace unos días, Brian Sarmiento casi se agarra a piñas con Zunino por una porción de pizza, y hace horas, Luana se encerró en el baño con un pedazo de pan robado para comerlo a escondidas. Pero la falta de alimentos por el poco presupuesto semanal ahora escaló a otro nivel: un participante, de los que ingresaron el 20 de mayo, se desmayó en medio de un ensayo para la prueba semanal y la producción cortó el vivo para que no se escape nada. ¿Qué quieren ocultar?
La casa más famosa de la televisión argentina dejó de ser un juego para convertirse en un problema de salud. Cola, participante de "Gran Hermano Generación Dorada", se desmayó en pleno ensayo de la coreografía de Tate McRae. El cuerpo le falló después de días sin comer suficiente. Ocurrió mientras practicaban para la prueba del presupuesto semanal, esa que define si les alcanza para comprar comida o siguen en ayunas.
Los compañeros reaccionaron rápido. Rodearon a Cola, la producción cortó la transmisión en vivo y la tensión subió como espuma. Minutos después, Pincoya se acercó con un plato de comida. El participante se recuperó y más tarde reapareció en los festejos por los 100 días dentro de la casa. Pero el susto dejó al descubierto algo que la producción ya no podía esconder: en ese reality se están muriendo de hambre.
No es una exageración. Luana Fernández se encerró en el baño para comer un pedazo de pan. Las cámaras la atraparon con la boca llena mientras gritaba "Ocupado" cuando un compañero golpeó la puerta para hacer sus necesidades. Intentó guardar el resto en el bolsillo, pero no le entró.
Entonces remató todo y reconoció: está muerta de hambre. Cada alimento que entra a esa casa se divide entre más de veinte personas. Las sanciones, los desafíos perdidos y las compras fallidas en el supermercado vaciaron la heladera hace rato.
Santiago del Moro, el conductor, tuvo que intervenir. Donó lo que encontró en su camarín: malvaviscos, aceite, galletitas y chocolates. Los participantes repartieron esas migajas como si fuera un banquete. Incluso, después de la cena de nominados, Gran Hermano les permitió llevarse las sobras para compartir. Una limosna televisiva para veinte adultos que compiten por un premio millonario mientras sus cuerpos se apagan.
Este episodio enciende una alarma ética que va más allá del rating. Gran Hermano siempre tuvo una cuota de sacrificio: el encierro, la estrategia, la falta de contacto con afuera. Pero la comida no es un lujo ni un recurso para generar conflicto. Es una necesidad básica. La producción tiene la obligación de garantizar que ningún participante llegue al desmayo por inanición.
No se trata de exagerar: un desmayo por falta de azúcar o deshidratación puede terminar en una fractura, un golpe en la cabeza o algo peor. La televisión no puede permitirse ese riesgo por unos puntos de rating. Los jugadores firmaron un contrato, sí, pero ningún papel los obliga a descomponerse en cámara mientras la producción mira desde el confort del estudio.


