Gerardo Chendo: "Soy el mejor a la hora de jugar a la escondida"
RECUERDOS QUE NO VOY A BORRAR. "Lo que inventé, que lo patenté, es jugar a la escondida en la playa, en plena temporada, e ir haciendo distintos roles hasta llegar a la pica”, cuenta el actor, músico y director a DiarioShow.com.
Antes de ser el malo que todos odiaban cuando veían "Floricienta", el amigo médico del grupo en "Alma Pirata" o el nativo de esa extraña tribu que generaba sonrisas en "Casi Ángeles", por nombrar solo tres de los emblemáticos ciclos en los que tuvo un rol destacado, hubo un pequeño Gerardo Chendo que no faltó ni un solo día a clases en toda su primaria, cursada en la Escuela N°19 República Italiana del barrio porteño de La Boca, al que le encantaba caminar a la vera del Riachuelo.
"En la pandemia también andaba mucho por ahí, me iba a tomar mate y a leer. Es una zona en la que pasé muchos momentos de mi infancia porque Pionovi, la Sociedad de Fomento Francisco Pionovi, estaba en el fondo, lo que yo llamo Piñeyro profundo, en la ribera del Riachuelo. Muchas veces cuando agarro la bici encaro para allá. Y también la camino bastante. No me quedaron tantos amigos en la zona porque con quienes frecuentaba en esa época eran de Avellaneda centro y de Capital, por lo que voy ex profeso, pero voy. Lo curtí mucho con mi viejo, que era muy de barrio, igual que mi abuelo. Mi papá era muy conocido y muy querido por un montón de cosas", cuenta a DiarioShow.com el actor, músico, docente y director, entre otras actividades relacionadas con el arte, sobre Piñeyro, la localidad de Avellaneda en la que pasó sus primeros días en aquel tercer departamento del PH en el que vivía con su papá, su mamá y su abuelo paterno.
Hijo único de un matrimonio de padres grandes que disfrutaban de los encuentros con amigos con él incluido en esas reuniones, la niñez de Chendo tuvo a la calle como principal escenografía: "Mucha luz, vecinos, club, sociedad de fomento... Estaba todo el tiempo potreando y andando por ahí. Mi juego preferido de chico y en la actualidad, al punto que lo puedo proponer en una reunión entre adultos, es la escondida. Soy federado en escondida. Soy de lo mejor del mundo si se hiciera un campeonato, lo sé. Lo que inventé, que lo patenté, es jugar a la escondida en la playa, en plena temporada, e ir haciendo distintos roles hasta llegar a la pica".
"También me gustaba mucho actuar, pensar que era El Zorro o Batman. Mi ídolo total era Meteoro. Y armaba historias con esos personajes cuando jugaba solo o con otros chicos. De hecho había decidido que iba a ser El Zorro de grande cuando estaba en primer grado y tenía un amigo que iba a ser Bernardo. Y en casa, mucho juegos de mesa cuando venían los amigos de mis viejos, todos intelectuales de izquierda siempre bien predispuestos", continúa quien acaba de estrenar en cine "Putas" y de cerrar la temporada en teatro de "Los pilares de la sociedad", obra con la que volverá en enero y febrero, y quien tiene por delante las funciones de "Derecho de piso", el musical con el que se presentará los miércoles de enero y febrero en el Metropolitan, y de "Chapar con gusto a mate" en el Microteatro, pieza en la que actúan alumnos de su escuela y él dirige.
De aquellos días infantiles recuerda la buena mano que tenían mamá Mónica en la cocina y papá Alfredo cuando agarraba la parrilla: "Mi madre cocinaba de todo: dulce, salado, de todo tipo. Hace muchos años soy vegano, pero en ese momento no lo era. Me acuerdo de su budín de naranja, de los merengues que hacía con el horno bajito y abierto, de las pastas que amasaba en la mesa y de las papas que hacía, primero hervidas y después al horno. También de la corvina a la vasca y de los asados de mi viejo, a quien me encantaba ver en toda la previa y el ritual de prender el fuego".
Haber sido un niño muy estimulado por sus padres que siempre se destacó en roles artísticos a lo largo de su infancia y adolescencia, no evitó que Gerardo dilatara esa decisión y, después de haber empezado a estudiar primero Psicología, recién "aceptara" que quería ser actor cuando tenía 21 años. “Para lo que hubiera querido en retrospectiva empecé de grande”, confía.
Luego, sigue: “Lo que podría agregar es que hay una responsabilidad muy grande que está implícita en ser padres y madres, y también en los educadores, que es que hay que estar muy atentos a cuáles son los dones y los gustos que traen los niños, no es para todos cualquier cosa. Y eso es lo que hay que impulsar, no lo quieren los padres o lo que aparentemente conviene, porque siempre lo que más conveniente es lo que se ama. Uno tiene que especializarse en eso porque poder vivir de lo que se quiere es la bendición más grande”.
“Lo que más añoro de mi niñez es la nobleza inconsciente, las hormonas, los vínculos y la confianza. También la diferencia que había en los juegos. Era un juego verdadero, mano a mano. Todo era más analógico y menos virtual. Esas cosas que cuestan un poco más ahora. Para mí lo mejor es que poníamos el cuerpo, verdaderamente. A los 15 años tenía cuatro cicatrices y dos quebraduras. Hacía deporte, jugaba el fútbol, jugué waterpolo. Estábamos todo el tiempo vagueando y vinculándonos directamente. Había confianza a la hora de poder quedarse en la casa de uno o de otro a dormir. Hoy hay muchas cosas que hacen que uno se limite y eso tiene consecuencias graves a la hora de generar vínculos”, cierra.
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