Goyeneche, siempre llegando al barrio...

El porteño Saavedra era su lugar de pertenencia; su amigo, fiel, necesario y fundamental, en la vida del Polaco querido. Allí forjó sus ideales, sus amistades, su ideario de vida que lo ungió como hijo predilecto de todo ese universo que se constituyó de manera fundamental como identidad de vida y trayectoria profesional.

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Su casa estaba ubicada en la calle Melián entre Tamborini e Iberá. La familia de Roberto estaba constituida por su esposa Luisa, la mujer de toda su vida, y sus hijos, Roberto y Jorge, el Bocha.

El Polaco mamó como nadie la esencia y el espíritu de esos mundos tan especiales que constituían valores como la amistad, el valor de la palabra, la solidaridad y la posibilidad de darles una mano a sus compañeros de ruta.

 

Así fue siempre Goyeneche y lo manifestó, a cada instante, en todo momento. Y estaban presentes en su derrotero existencial los antiguos y queridos cafés, hoy sobrevivientes algunos de ellos en la geografía de nuestra gran ciudad. Roberto solía tener dos lugares a los que concurría con asiduidad. Uno de ellos era La Sirenita, ubicado en avenida Del Tejar (hoy Balbín) y Núñez, donde todas las mañanas el Polaco iba a degustar su clásico café con leche con tres medialunas, momento que aprovechaba también para el disfrute de la lectura de los diarios.

 

Goyeneche, siempre llegando al barrio...
Un mural que refleja el amor del artista por el Club Platense.

También, otro de los comercios a los que el Polaco solía acercarse aquellas noches en que su actividad profesional se lo permitía se trataba de la pizzería San Quintín, que se encontraba, por aquel entonces, en avenida Del Tejar y Tamborini (a metros de su casa). La muzzarella y la fugazzetta eran parte de las grandes debilidades del querido Roberto, bien acompañada, por supuesto, de un infaltable moscato para la ocasión. Aunque sus visitas allí también le permitían degustar un par de tragos de Ferroquina Bisleri. Sobre todo, después de alguna pasajera discusión con Luisa, el Polaco se iba a San Quintín, fumaba y degustaba Ferroquina y varios cafés y dejaba que la bronca fluyera.

 

Otro de los lugares que lo encontraba como un permanente habitué era el club El Tábano, del barrio de Saavedra. Muchas tardes-noches se lo podía ubicar ahí al Polaco juntándose con varios amigos de la zona. También se daba cita en ese ámbito el recordado jugador de Platense (el club de los amores del cantante), Racing y la selección nacional Rubén Sosa.

Una perlita de color. Roberto acudía a la vieja cancha de Platense (ubicada entonces en Pedraza y Cramer) ya vestido de smoking, y arriba llevaba un piloto o un sobretodo. De la cancha se dirigía a los shows que tenía que cumplir ese sábado por la noche; de ahí que fuera a Platense ya listo con la pilcha de laburo.

 

Abrazaba el alambrado y era muy normal observarlo al Polaco, acompañado muchas veces por un joven Cacho Cuevas, guionista y director teatral, y decirle en varios pasajes del partido: “Pibe, qué nervioso que me ponen estos muchachos”. Acto seguido, Roberto encendía un cigarrillo tras otro.

 

Y continuando con las debilidades del artista, nos tenemos que referir a la ornitología. En su casa, Roberto tenía una enorme jaula con pájaros de diferente raza y origen. El Polaco solía sacar el jaulón a la vereda y se ubicaba en el umbral a tomar mate. Una postal, en definitiva, de aquellas tardes tan firmemente ligadas al corazón, la existencia, los sentimientos. Escuchar a aquellas aves canoras se convertía para el artista en un disfrute tan especial como el mismo placer que experimentaba el público al escuchar su atractivo fraseo.

Otra de sus pasiones: el billar. Muchas veces, después de sus presentaciones artísticas, el Polaco, junto con un grupo de amigos, se dirigía a otra de sus “sedes sociales”. Se trataba del boliche La Bohemia, que estaba ubicado en Cabildo y Besares, donde acostumbraba a quedarse hasta las primeras luces del día.

 

Tributos urbanos

 

En el ingreso al Parque Sarmiento, avenida Del Tejar y General Paz, desde provincia a Capital, un enorme cartel con la figura del Polaco nos saluda y nos brinda una gran recepción: “Bienvenidos a mi barrio”. Todo un verdadero símbolo del arte, en definitiva, de los sentimientos y del canto mismo.

En tanto, uno de los proyectos artísticos del Polaco era instalar, en un salón sin ocupar del primer piso de la estación de servicio ubicada avenida Del Tejar y Monroe, un restaurante donde se realizaran shows que iba a organizar el propio artista, y que se iba a llamar “La casa del Polaco”, con la organización ejecutiva de sus hijos y del citado Cacho Cuevas. Por otra parte, a la vuelta de su domicilio estaba ubicada la casa de Adriana “la Gata” Varela, su ahijada artística y continuadora de toda la vertiente musical del querido intérprete.

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